Pintor

ranchos III

Aunque no nací en Jacinto Vera, mi casa natal era de lata por fuera y por adentro madera. Y hacía frío. A falta de estufa, el viejo fabricaba -en lo que a mi me parecía una enorme lata cilíndrica- un brasero de aserrín capaz de dar calor toda la noche. La ceremonia de ir a buscarlo a la carpintería y elegir el más seco; los fantásticos cuentos que me hacía en el breve viaje y aquel frío en la cara hicieron de mi infancia -entre muchas otras pequeñeces amorosas- la mejor parte del todo. Cuando el brasero estaba encendido soltaba chispitas diminutas que volaban hacia el techo haciendo eses breves. La luz tenue del rancho y mi imaginación de niño en la era del Apolo 11 me llevaban por viajes interestelares. Me acostaba de panza en el piso de modo que la boca del brasero quedase a la altura de mis ojos para ver los colores que se producían allí dentro. Desenfocaba la vista al máximo para ver los colores del fuego como las entrelazadas pompas luminosas que pintaría después. Yo sabía que era fuego, me lo habían advertido muchas veces, pero la fascinación y el espíritu fantasioso me hicieron introducir una imaginaria nave en aquella cavidad ardiente. El saldo fue terrible, la nave quedó gravemente herida y aunque en la base de reparaciones hicieron todo lo posible para curarla, no dejó de arderme en toda la noche. Al otro día el brasero era el mismo, el astronauta también, pero la percepción de las cosas había cambiado para siempre.

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