Otro.

Circo

Cuando era chico, en vacaciones de julio, mis padres me mandaban a pasar unos días en la casa de mi tía René, en La paz. Era una casa quinta que tenía una cocina independiente bastante más grande que toda mi casa. La cocina estaba rodeada de ventanas con postigos que se elevaban y hacían de alero; desde ella se podía ver la casa, el galpón, el aljibe y todo el campo. A mi me gustaba instalarme en el puzle de mesas que se ubicaba en el centro de semejante habitación, porque desde ahí podía observar todo y, por supuesto, dibujarlo.
Hacía viajes de expedición por el enorme galpón de las herramientas donde había un tractor en el que me dejaban jugar cuando no estaba en uso. Y por la despensa, donde hundía la mano en el cajón de la harina y en el del arroz y en el de la ración para pollos y así en todos los demás.
En la siesta obligada leí casi toda la colección Robin Hood y, como no había ningún otro niño cerca, me aburría como un hongo. Siempre. Hasta que en una de esas vacaciones sucedió algo fantástico: vino el “Tony Park” y se instaló en el predio baldío que quedaba exactamente al lado de la casa de mi tía. Ese predio era propiedad de mi tío Domingo, quien muy amablemente los dejó instalarse con la única condición de que su sobrino (yo!) tuviese canilla libre de juegos. ¿Pueden creerlo? de un saque se me fue el aburrimiento. Aquello era un sueño, no sólo el “parquerrodó” venía a mí, sino que además, todos los niños de La paz venían a jugar conmigo.
Después de dos o tres días de andar sin parar en todos los juegos del Tony Park -un mini gusano loco, una calesita, unas lanchas a vaivén y un par de tiros al blanco- me volví a aburrir, no del lugar, que estaba fenómeno, pero si de los juegos. Entonces me dediqué a jugar un juego que me resultó muchísimo más interesante: mirar.
Lo observaba todo. Con absoluto detenimiento. Caía en estado de idiotez mirando como la masa estriada de los churros entraba en el aceite hirviendo. No podía dejar de mirar eso.Y espiaba el motor que había abajo del gusano loco, con unas poleas anchas y planas, como de trapo. Me encantaba escuchar el quejoso “gongong” que hacían al funcionar, y más que nada disfrutaba de la tonta sensación de privilegio que sentía al poder estar fisgoneando allí abajo mientras los demás debían contentarse con el aburridísimo giro del gusano.
De todo, lo que más goce visual y estético me producía era la calesita.
La mentada no era otra cosa que une especie de gran rueda de bicicleta acostada, sostenida por un eje de base piramidal construido en hierro. De la “rueda” colgaban unas hamaquitas comunes de plaza. Los niños se sentaban en ellas, pasaba el flaco que recogía los boletos, y enseguida venían dos muchachos que agarrando de alguna de las hamacas cinchaban hacia adelante para dar el movimiento inicial al armatoste crujiente que después seguía moviéndose un poco por inercia, y otro poco por dos ventiladores grandes que tenía a los costados.
Mientras la calesita giraba y las hamacas comenzaban a inclinarse hacia afuera algunos niños expertos se retorcían, se bamboleaban, y aunque estaba prohibido, hacían piruetas de todo tipo. Ese ritual me extasiaba, lo miraba desde un montículo de pasto cercano una y otra vez, una y otra vez…
¿No subís pibe?, me preguntaba el boletero con cara de “aprovechá”. Pero no. Lo que yo quería era divertirme.

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